Corres, como alma que lleva el diablo por las calles mojadas llenas de charcos, la lluvia cae lentamente sobre tu pelo, fina y delgada pero abundante, miras al cielo y respiras, -hoy es un gran día-, continuas caminado apurada por la acera vacía, sin nadie con el que cruzarte tan solo te acompañan papeleras, arboles, alguna bicicleta aparcada... te resguardas bajo una marquesina desgastada por el paso del tiempo y llena de pintadas que años atrás alguien se dedico en decorar de manera urbana y nocturna; miras al frente y te quedas hipnótica atrapada en un punto fijo cualquiera de cualquier objeto de la acera de enfrente, perdiendo la noción del tiempo.
Quedan exactamente seis minutos para que el autobús aparezca lentamente por la esquina del final de la calle, rompiendo la cortina de agua que cae ahora de manera mas intensa, vuelves a respirar, -hoy es un gran día-, el letrero rojo del panel que anuncia la llegada del bus que esperas parpadea insistentemente y es entonces cuando a lo lejos se ve esa mancha verde veloz acercándose a su destino, subes el escalón, piensas en lo caro que es ir en bus, pagas, y te acomodas como siempre de pie apoyada en la barra de los primeros asientos junto a la ventana viendo como las gotas de la lluvia golpean el cristal intentando alcanzarte sin éxito.
Tu mente acelerada acoge a la vez ruidos de voces de gente eufórica, colores del tiempo, imágenes de coches veloces que pasan junto a ti, un señor que habla por teléfono mientras conduce, un grupo de gente joven que conversan plácidamente bajo sus paraguas, la señora mayor que quiere ser la primera en subir al bus... y entonces la ventana te abre una puerta a un mundo paralelo y ajeno, y tu mente se relaja, ya solo ves matriculas de coches, la lluvia que cae lentamente sobre el asfalto, el color de este, brilloso por el agua que se acumula gota a gota en toda su superficie, los arboles aun mas verdes, el oxido más oxidado, el cielo gris y el olor a lluvia que hace que ese día, sea un gran día.
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